La muñeca rusa del horror: estructura y empatía en Frankenstein

Miguel Monsivais
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La muñeca rusa del horror: estructura y empatía en Frankenstein

El eco de la criatura: cómo Mary Shelley usó la estructura concéntrica para reescribir la empatía

El laberinto de voces y la arquitectura de las cajas chinas

Cuando nos acercamos a la obra cumbre de Mary Shelley, la cultura popular suele interponer una barrera de imágenes preestablecidas: el rayo, el laboratorio gótico, el monstruo de andares torpes y gruñidos inarticulados. Sin embargo, al abrir el texto original de 1818, el lector no se encuentra con la electricidad, sino con el hielo. La novela no comienza con el delirio de un creador, sino con las cartas de un explorador polar, Robert Walton, dirigidas a su hermana en Inglaterra. Esta decisión formal no es un mero adorno de la época ni un prólogo prescindible; es el cimiento de una de las estructuras narrativas más sofisticadas y deliberadas de la literatura decimonónica.

La novela se construye mediante una técnica de abismo o relato enmarcado (las famosas "cajas chinas" o muñecas rusas), donde la narración externa contiene a la intermedia, y esta, a su vez, alberga el núcleo de la historia. Gérard Genette, en su sistematización de la narratología, definiría estos niveles como el nivel extradiegético (las cartas de Walton), el intradiegético (las memorias de Victor Frankenstein) y el metadiegético (el relato de la Criatura). Esta arquitectura concéntrica genera un viaje de ida y vuelta: nos adentramos desde los límites del mundo conocido hasta el corazón de la anomalía biológica, para luego desandar el camino de regreso hacia el silencio blanco del Ártico.

¿Por qué elegir esta complejidad en lugar de una narración omnisciente o un diario directo? La respuesta reside en la manipulación de la distancia narrativa. Al interponer múltiples filtros entre el suceso y el lector, Shelley desestabiliza la noción de verdad objetiva. Cada narrador es un relevo de la subjetividad; cada uno de ellos intenta convencer a su respectivo oyente —y, por extensión, a nosotros— de la legitimidad de su causa. El lector se ve obligado a actuar no como un espectador pasivo, sino como un jurado que debe sopesar los testimonios acumulados en un juicio donde los testigos se contradicen y se complementan de manera sistemática.

El testigo ausente y la ilusión de objetividad

Para comprender el impacto de esta estructura, es crucial analizar el primer anillo del relato: las cartas de Robert Walton. A primera vista, Walton parece un personaje secundario cuya única función es rescatar a un moribundo Victor Frankenstein del hielo y registrar su testimonio. No obstante, Walton funciona como el espejo limpio donde se proyecta la tragedia del creador, actuando como un doble psicológico que comparte su misma hibris.

La mediación epistolar de Robert Walton

Walton escribe a su hermana, Margaret Saville, una figura que permanece en absoluto silencio durante toda la novela. Este silencio no es gratuito. Margaret representa la normalidad doméstica, la sociedad victoriana que observa desde la distancia segura del hogar los desmanes de la ambición masculina. A través de las cartas de Walton, Shelley establece un canal de comunicación directo con el lector. Walton busca la gloria científica al intentar conquistar el Paso del Noroeste, desafiando las leyes de la naturaleza de la misma forma que Victor desafió los límites de la vida y la muerte. La mediación de Walton nos prepara temáticamente: su fascinación por Frankenstein previene al lector, tiñendo de antemano el relato de Victor con una pátina de trágica admiración.

La distorsión del filtro subjetivo

El segundo filtro es el propio Victor Frankenstein. Cuando este asume el control del relato, lo hace con una agenda clara: justificar su abandono y advertir a Walton sobre los peligros del conocimiento desmedido. Aquí es donde la técnica del narrador poco fiable (unreliable narrator) se manifiesta con mayor fuerza. Victor nos narra su infancia idílica, su amor por Elizabeth y su genialidad científica, construyendo una apología de sí mismo como una víctima del destino y de su propia creación. Sin embargo, al estar su relato contenido dentro de las cartas de Walton, el lector es sutilmente consciente de que estamos ante una confesión oral transcrita a posteriori. ¿Cuánto de lo que Victor cuenta ha sido embellecido para ganar la simpatía de su salvador? La estructura de Shelley nos impide olvidar que estamos leyendo una versión editada de los hechos.

La voz del monstruo en el centro del abismo

El verdadero milagro estructural de la novela ocurre cuando llegamos al tercer nivel: el relato de la Criatura (capítulos XI al XVI). Situado en el centro geométrico del libro, este bloque narrativo representa el núcleo de la cebolla. Tras atravesar las capas de Walton y Victor, finalmente accedemos a la voz del "monstruo". Esta disposición espacial de la trama tiene un peso simbólico arrollador: para llegar a la verdad de la criatura marginada, el lector debe despojarse de los prejuicios de la civilización y adentrarse en lo más profundo de la narrativa.

La Criatura no habla como un salvaje; habla con la elocuencia de un filósofo ilustrado, habiendo aprendido el lenguaje a través de la observación de la familia De Lacey y la lectura de textos fundamentales como el Paraíso perdido de Milton, las Vidas paralelas de Plutarco y las Desventuras del joven Werther de Goethe. Al concederle la palabra en el centro exacto de la obra, Shelley subvierte el arquetipo del antagonista. El monstruo deja de ser el "otro" absoluto para convertirse en el sujeto de la experiencia dolorosa.

Esta inserción metadiegética produce un cortocircuito empático. El lector, que hasta ese momento ha simpatizado con el sufrimiento y el terror de Victor, se ve de pronto confrontado con la negligencia, la crueldad y el prejuicio estético de este. La Criatura narra su despertar sensorial, su descubrimiento del fuego, de la música y de la desolación del rechazo humano. El contraste entre la belleza moral interna de la Criatura y su monstruosidad física externa se amplifica gracias a que su voz nos llega sin la interferencia directa de la histeria de Victor. Durante seis capítulos, el creador guarda silencio y el monstruo se adueña del estrado.

El efecto acústico del dolor y la transferencia de la culpa

La estructura concéntrica de Frankenstein funciona como una cámara de resonancia donde los temas rebotan y se transforman al pasar de una voz a otra. El dolor de la Criatura no se queda estancado en su nivel narrativo; se filtra hacia arriba, contaminando el relato de Victor y, finalmente, transformando la perspectiva de Walton. Este fenómeno de contagio temático es lo que dota a la novela de su densidad psicológica.

  • El espejo de la soledad: Walton se queja en sus primeras cartas de no tener un amigo con quien compartir su sensibilidad. Victor, en su juventud, se aísla de su familia para perseguir su quimera científica. La Criatura, por su parte, sufre la soledad más radical y ontológica que pueda existir. La estructura de cajas chinas permite que el lector perciba la soledad no como un hecho aislado, sino como una condición humana que se agrava a medida que nos acercamos al centro del relato.
  • La transferencia del lenguaje: Es fascinante observar cómo el vocabulario de la Criatura y el de Victor se mimetizan a lo largo del texto. Al principio, Victor utiliza términos de repulsión médica y teológica ("demonio", "engendro"), mientras que la Criatura apela a la justicia natural. Hacia el final del libro, cuando la persecución se traslada al hielo ártico, sus voces se vuelven casi indistinguibles. Se han convertido en perseguidor y perseguido, en un bucle de odio mutuo donde la autoría de la crueldad se desibuja.
  • La caída del creador: La estructura concéntrica revela que la verdadera monstruosidad no es biológica, sino relacional. Al encerrar el relato del monstruo dentro del de Victor, Shelley nos demuestra que la criatura es un producto directo de las carencias de su creador. La fealdad del monstruo es el reflejo físico del egoísmo ético de Frankenstein.

La modulación de la distancia narrativa como herramienta para el autor contemporáneo

Para quienes nos dedicamos al estudio y la práctica de la escritura creativa, la lección que nos deja Mary Shelley en Frankenstein es de una vigencia incuestionable: la forma no es un contenedor pasivo del contenido, sino un generador activo de significado. La elección del punto de vista y la distancia narrativa determina por completo la brújula moral de una historia.

Cuando construimos una novela o un guion, a menudo caemos en la tentación de utilizar un narrador omnisciente para asegurar que el lector "entienda" todas las perspectivas, o bien optamos por una primera persona directa para forzar una identificación rápida. La estructura concéntrica nos enseña una tercera vía mucho más sutil: la de la empatía diferida. Al retrasar el encuentro directo con el antagonista o con el núcleo del conflicto a través de marcos narrativos previos, generamos una tensión intelectual en el lector. Lo obligamos a contrastar la información, a dudar de las apariencias y a experimentar el proceso de descubrimiento junto con los personajes.

Para aplicar esta técnica en la narrativa contemporánea, podemos considerar las siguientes pautas de diseño estructural:

  • Establecer un marco de contraste: Utiliza un narrador externo (como Walton) que comparta las ambiciones del protagonista pero que aún no haya cruzado la línea del no retorno. Esto permite al lector ver las consecuencias potenciales antes de que ocurra la caída trágica.
  • Diseñar el núcleo revelador: Coloca la perspectiva más conflictiva o moralmente ambigua en el centro de la obra. Si toda la historia se hubiera contado desde el punto de vista de la Criatura, Frankenstein habría sido un melodrama de victimización; si se hubiera contado solo desde Victor, habría sido una simple historia de terror gótico. El equilibrio reside en la alternancia de los marcos.
  • Cerrar el círculo con transformación: El marco exterior debe reaccionar al marco interior. Al final de la novela, Walton toma la decisión de dar la vuelta y regresar a Inglaterra, renunciando a su obsesión por el Paso del Noroeste. Ha aprendido la lección que Victor no pudo asimilar. La estructura concéntrica se justifica porque el viaje narrativo transforma al narrador del marco exterior.

En última instancia, Mary Shelley no solo creó el mito de la ciencia sin conciencia; diseñó una máquina de empatía literaria que, más de dos siglos después, nos sigue demostrando que la verdad de una historia nunca es una línea recta, sino un eco que resuena con más fuerza cuanto más profundo nos atrevemos a descender en su laberinto.

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